Por H. Murcia
La actual guerra abierta entre Estados Unidos e Irán comenzó el 28 de febrero de 2026 con una ofensiva militar conjunta de EE. UU. e Israel contra objetivos dentro del territorio iraní, denominada Operación Furia Épica. Ese ataque incluyó bombardeos sobre instalaciones militares, centros de comando y presuntos sitios nucleares en ciudades como Teherán y otras regiones del país. La justificación oficial de Washington fue neutralizar capacidades que, según EE. UU., representaban una amenaza directa para su seguridad y la de sus aliados en Oriente Medio.
El impacto del conflicto ha trascendido el campo de batalla. La guerra ha agravado la inseguridad energética global al poner en riesgo el Estrecho de Hormuz, paso marítimo por el que transita aproximadamente el 20% del petróleo comercializado a nivel global, según la Administración de Información Energética de EE. UU. Cualquier amenaza de bloqueo o restricción en esta vía incrementa el riesgo de encarecimiento del crudo y presiona al alza los precios internacionales del combustible.
Las tensiones han obligado a países de la región a reforzar sus defensas y han generado preocupación diplomática internacional sobre una posible ampliación del conflicto, con reacciones y sanciones globales simultáneas. Organismos internacionales han multiplicado las advertencias sobre las consecuencias económicas y humanitarias a largo plazo.
Los mercados financieros también han reaccionado con cautela. Bolsas en Asia, Europa y América han mostrado episodios de caídas y recuperación parcial en función de la evolución militar. Al mismo tiempo, activos considerados refugio, como el oro y el dólar estadounidense, han experimentado movimientos al alza ante el aumento de la incertidumbre geopolítica. Analistas señalan que la volatilidad podría mantenerse mientras no haya señales claras de desescalada diplomática.
A mediano plazo, expertos advierten que un conflicto prolongado podría desacelerar el crecimiento económico mundial. Organismos internacionales han reiterado que una guerra extendida en Medio Oriente afectaría cadenas de suministro, comercio internacional y confianza inversionista. En un contexto donde varias economías aún enfrentan presiones inflacionarias y ajustes monetarios, la tensión entre Washington y Teherán añade un nuevo factor de riesgo para la estabilidad económica global.