Por Dra. Margarita Mendoza Burgos
La suerte es una de esas fuerzas invisibles que todos reconocemos, aunque pocos pueden definir con precisión. Algunos la imaginan como una energía casi mágica. No faltan quienes la descartan por completo, convencidos de que solo el esfuerzo personal explica los resultados de la vida. Sin embargo, lo cierto es que la suerte, o al menos el azar, tiene un papel más profundo del que solemos admitir.
Tener suerte no es tan simple como ganar la lotería: incluso para obtener ese “golpe de fortuna” hay que comprar el boleto. Del mismo modo, para aprovechar las oportunidades que aparecen, por más casuales que parezcan, es necesario estar atentos, preparados y con disposición a actuar. De allí la conocida frase: “a la suerte hay que ayudarla”.
Los ejemplos históricos lo ilustran: cuando la manzana cayó sobre Newton, él ya estaba reflexionando sobre la gravedad; cuando Arquímedes entró en su bañera, llevaba tiempo buscando una forma de calcular el volumen de agua desplazada por un cuerpo. El azar fue solo la chispa final de procesos largos de observación, pensamiento y disciplina.

La suerte, por tanto, necesita compañía: iniciativa, constancia, capacidad de tolerar la frustración y esfuerzo sostenido. Muchas veces confundimos la suerte con lo que simplemente es resultado de la perseverancia. Cuando alguien insiste, se sobrepone a las críticas y no se rinde ante los tropiezos, los demás llaman “buena suerte” a lo que, en realidad, es capacidad de aprovechar lo que se presenta. Como decía el productor cinematográfico Samuel Goldwyn: “La suerte es la capacidad de aprovechar las oportunidades que se presentan”.

Se suele decir que hay personas “con demasiada suerte” y otras marcadas por lo contrario. En realidad, factores como la inteligencia emocional y la tolerancia a la frustración influyen en cómo cada uno enfrenta las circunstancias. Hay quienes caen y se levantan más fuertes, y hay quienes se rinden en el primer tropiezo. La buena suerte también requiere humildad: la capacidad de detectar oportunidades en detalles pequeños o en personas que podrían impulsarnos, pero que a veces despreciamos por considerarlas insignificantes.
También existen mitos y supersticiones alrededor de la suerte, cosas que atraen la buena fortuna o simplemente evitan lo malo. No hace daño caer en ellos de vez en cuando —muchos evitamos pasar bajo una escalera o cruzamos los dedos sin pensarlo—, pero no conviene dejar que esas creencias nos determinen ni confiar en una “estrella” que nos resuelva la vida. Al final, la existencia está hecha de lucha, esfuerzo, ensayo y error.