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Un viaje encantador al norte de San Francisco

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Por Alberto Barrera

Pittsburg – Ese domingo 12 de octubre con sol brillante y clima agradable viajamos hacia el norte de San Francisco, la icónica ciudad de California, en busca de aliviar penas y disfrutar. Reímos, comimos y bebimos cuando pudimos. El viaje comenzó con cautivadores paisajes: ondulantes colinas doradas y luego montañas de verde espesor; un refugio de aves rodeado de agua acumulada de caudalosos ríos, luego viñedos y bosques con enormes secuoyas.

En los 113 kilómetros de Pittsburg a Sebastopol, nuestra primera parada, reinó el entusiasmo. En el trayecto reímos de chistes e historias personales en el afán de aliviar el dolor por el reciente adiós a Juanita sepultada el 23 de septiembre de 2025 en tierras californianas. Juana Sigüenza, madre de mi esposa Reina y Julio, y de otros tres de sus hermanos, fue la primera en emigrar de El Salvador. Sus hijos, luego nietos y bisnietos residen en California, después de más de 40 años. Una comunidad de familiares y amigos se vincularon a una tierna y sentida despedida en el cementerio de Concord.

Mientras conversábamos por las ventanas del auto pasaban las ondeantes colinas doradas y que luego de convirtieron en montañas verde oscuras que de inmediato cedieron a fértiles valles y un horizonte de praderas en ese maravilloso estado productor de alimentos para Estados Unidos y exportaciones. Más adelante pasamos en medio de bosques nutridos de pinos y destacaban enormes secuoyas, árboles gigantes que parecen competir  en sus alturas.

La ruta la iniciamos a las 10 de la mañana de ese brillante domingo otoñal en la interestatal 4 y enfilamos sobre la 80 en la que bordeamos Vallejo, ciudad a la orilla de la Bahía de San Pablo y en la desembocadura del río Napa. Está al oeste del lago Sherman formado por las  aguas de los caudalosos ríos San Joaquín y Sacramento frente a Antioch y Pittsburg, dos crecientes ciudades del Condado de Contracosta en los suburbios de San Francisco. De ese lago de forma un canal por el que navegan barcos de gran calado y ferrys con cargas comerciales y personas desde y hacia la Bahía de San Francisco a ciudades del norte del estado.

Después de transitar al lado de Vallejo tomamos la interestatal 37y pasamos frente al Refugio Nacional de Vida Silvestre, área de la Bahía de San Pablo, en donde vimos miles de patos y otras aves que disfrutaban sobre el agua, caminaban sobre la vegetación y la tierra que la rodea en donde se forman pantanos que nutren el área. El refugio “se estableció en 1974 para proteger a las aves migratorias, el hábitat de los humedales y las especies en peligro de extinción.” El albergue que tiene un poco más de 68,000 metros cuadrados y guarece a la mayor población de patos de la costa oeste de Estados Unidos, protege al “ratón de las marismas”, una especie en peligro de extinción, así como y al rascón, otra ave originaria de California. Extasiados con Julio y Sarita -cuñados y compadres-, junto a Reina mi esposa, vimos las impresionantes vistas del lugar con la diversidad de aves.

De la carretera 37 pasamos a la interestatal 101 y bordeamos ciudades como Novato y Petaluma. Luego nos desviamos sobre la carretera 116 hacia Sebastopol, la encantadora y colorida ciudad a unos 90 kilómetros al norte de San Francisco.

Sebastopol

La alegría de la vida en ese espacio reservado y protegido fue la antesala a lo que después viviríamos en Sebastopol. A primera vista la pequeña ciudad enamora por su tranquilidad, amplios espacios y verdor; aunque estuvimos poco tiempo fue suficiente para ver gente amable, el colorido de casas, centros culturales y parques. Supimos que ese lugar comenzó a integrarse en la década de 1850 como punto agrícola y fue llamada Sebastopol por un asentamiento ruso de la Guerra de Crimea. Un conflicto de 1853 a 1856 entre el entonces imperio ruso contra una alianza del imperio Otomano con Francia, Gran Bretaña y Cerdeña. En 1902 fue declarada ciudad y en poco tiempo fue «Capital Mundial de la Manzana Gravenstein».

Se conoce también por la ola de “hippies” que llegó después de que en 1967 se realizara en San Francisco un festival musical que reunió a más de 100,000 personas y al que llamaron “Verano del Amor”. Al ritmo del rock, consumo de drogas y opuestos a la guerra en Vietnam adoptaron el lema “amor y paz.” Los jóvenes que integraron ese movimiento contracultural impactaron al mundo. Sebastopol recibió a muchos de esos personajes que se establecieron en la localidad y le impregnaron un carácter cultural, que junto a sus granjas, viñedos y tiendas de antigüedades destacan la ciudad en la que viven unas 7.400 personas.

Paseamos un poco hasta una salida al este, Retornamos para usar el baño en un supermercado y luego por equivocación entramos a un parque en la periferia. Vimos unos momentos un partido de fútbol entre equipos integrados en su mayoría por latinos. El ambiente era distendido, nadie -jugadores y familiares- parecían espantados por las intensas redadas anti inmigrantes que se realizaban esos días en muchas ciudades, incluyendo Los Ángeles y San Francisco.

El país alborotado por esas batidas de agentes migratorios del ICE. Varios incidentes violentos se reportaron en medios locales y en redes sociales, y se oyeron relatos desgarradores de personas detenidas a veces con extrema violencia por forzudos representantes del organismo que actuaban tapados de sus rostros y sin órdenes judiciales.Algunos dijeron que les detenían por el color de su piel, incluidos ciudadanos naturalizados o nacidos en el país. Comentamos el tema con cierta inquietud por el futuro de miles de personas, un montón salvadoreños y entre ellos familiares y amigos.

La siguiente semana, el sábado 18 de octubre, se realizó la primera movilización llamada “No kings”, que según los organizadores habría reunido a unos 5,0 millones de personas desde Nueva York a San Francisco en contra las políticas del presidente Donald Trump y el peligro que representan una deriva autoritaria. Fue una de las marchas más grande en contra de un mandatario estadounidense. Ese domingo cavilamos sobre la situación de los migrantes porque estamos vinculados a esa realidad. Luego callamos y retomamos la carretera 116 y enfilamos de nuevo hacia el oeste.

Reserva de Secuoyas

Desde el inicio del recorrido vimos el hermoso paisaje con destacadas y coloridas casas, algunas tenían en sus portales ventas de adornos, enormes calabazas color naranja intenso que los estadounidenses usan como decoración en sus residencias para celebrar el Día de la Brujas el 31 de Octubre. Las granjas son vistosas casas de campo y en sus terrenos pastan caballos y vacas, aunque la mayoría de fincas están dedicadas a cultivos de manzanas.

En los 27,3 kilómetros hacia Guerneville -que era nuestro objetivo-, recorrimos una carretera a veces serpenteada y otras prolongadas rectas. Nos deleitamos con el verdor del paisaje adornado de muchos pinos y secuoyas a ambos lados de la solitaria carretera pese a que era fin de semana. Pasamos por Guerneville, pintoresca ciudad de unos 4,500 habitantes, en la que vimos hoteles, restaurantes, bares y cafés que atienden a asiduos turistas, principalmente en el verano pues miles llegan a nadar en la playa Johnson´s Beach o alquilar canoas y kayaks para remar en Russian River el más caudaloso del área.

Pero fue una rápida vista pues nuestra meta era llegar a la Reserva Natural Estatal Armstrong Redwoods a unos 4,0 kilómetros en las afueras. Luego del pago y registro a la entrada recorrimos un sendero bajo la sombra de inmensos y vetustos secuoyas. Se notaban estragos por incendios pero la resistencia de los árboles y por el cuido de celosos vigilantes la reserva mantiene su rol de naturaleza viva.

Los inmensos árboles tienen entre 60 y 75 metros de altura, pero algunos alcanzan hasta los 106 metros. El diámetro es de 3,6 a más de 4,0 metros. Una guía de la reserva dice que las secuoyas viven de 500 a 1000 años pero algunos han sobrevivido hasta 2000 años. Hechizados por la naturaleza con su aporte a que la temperatura no exceda de límites, los nacimientos de agua y la sombra y tranquilidad de esos momentos respiramos hondo para llenar nuestros pulmones, creyendo que nos duraría la vida que nos queda.

Volvimos a Guerneville en busca del almuerzo pero los lugares abiertos no nos atrajeron y deambulamos un poco. No pudimos probar la comida del restaurante de un bonito hotel porque habían cerrado y abrirían hasta la hora de la cena. Seguimos buscando. Nos detuvimos en un bullicioso lugar con banderas de colores brillantes entre ellas una que identifica las personas gay; y al asomar al vestíbulo del pequeño hotel vimos mujeres y hombres divertidos en una piscina, pero el restaurante del lugar también estaba cerrado,  solo estaba abierto el bar en el que nos sirvieron tres cervezas 805, un refresco y un pequeño plato con bocas de costillas que nos aliviaron el hambre.

Salimos del lugar apenas aplacados del apetito y fuimos a buscar comida a otra ciudad.

Healdsburg y el casino

Con ansiedad pero sin dejar de disfrutar el paisaje recorrimos la ruta de 29,4 kilómetros con numerosos viñedos hacia Healdsburg. Vimos la hermosa región vinícola, pero no nos detuvimos porque nuestro apetito no estaba saciado. Al entrar y tomar la avenida principal que también se llama Healdsburg, vimos numerosos restaurantes y cafés, muchas salas de cata y nos enteramos que tiene 90 bodegas de vino. Es “el centro neurálgico del Condado de Sonoma”, dice una promoción. Entre los vinos más conocidos y famosos están el Pinot Noir, el Chardonay y Sauvignon Blanc.

Julio estaba deseoso por comer mariscos y justo en esa avenida central, cerca de la central Plaza Healdsburg rodeada de boutiques lujosas y destacadas galerías de arte. En definitiva una ciudad atractiva, su arquitectura entre lo moderno y lo clásico. Con más de 11,200 residentes. la mayoría con buen poder adquisitivo. El restaurante Willi´s fue nuestra opción porque en su numeroso menú aparece comida de mar. Y fue una sorpresa agradable.

Al caer  la noche emprendimos el retorno y en el camino Sarita insistió en pasar al hotel y casino Graton. Recorrimos 32,2 kilómetros sobre la 101 y ya estábamos frente al enorme complejo de edificios iluminado, cientos de carros y gente entrando y saliendo. Entramos por una de las enormes puertas de vidrio. La primera impresión son las parpadeantes y ruidosas máquinas de apostar en la que soñadores buscan ganar, pero generalmente no sucede. No estuvimos mucho tiempo, aunque Julio y Sarita apostaron unos 200 dólares y casi los habían perdido pero los recuperaron. “Nos divertimos jugando y no perdimos”, dijo Sarita con entusiasmo.

Luego me enteré que el casino lo administran los Indios Federados de Ranchería Graton y el presidente tribal es Greg Sarris, quien es un ex profesor en la UCLA y desde 1992 inició la lucha por el reconocimiento de su tribu que logró en 2000 y en el 2013 fue inaugurado el hotel y casino, al que recientemente le invirtieron 1000 millones de dólares en ampliaciones. Sarris se identifica como descendiente de las tribus Suthern Pomo y Coast Miwok, que habitaron en el Condado de Marin, al norte del Golden Gate y en el Condado de Sonoma.

Las más de 12 horas de viaje nos provocaron cansancio, pero la satisfacción fue notable. Conocimos, nos divertimos y aprendimos a conocer parte del estado de California. Al llegar a casa, cerca de las 10 de la noche, nos despedimos y percibimos en el aire un ambiente de paz interior entre los cuatro sin dejar de pensar en Juanita.

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