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Prostitución masculina, un mercado discreto pero con una demanda real y creciente

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Por Dra. Margarita Mendoza Burgos 

En la entrega anterior exploramos el fenómeno de la prostitución masculina, un mercado discreto pero con una demanda real y creciente. Su existencia plantea inevitablemente una pregunta: ¿qué lleva a una mujer a buscar los servicios de un profesional del sexo?

Históricamente asociado casi en exclusiva a los hombres, el mercado del sexo remunerado empieza a mostrar una cara diferente. Cada vez más mujeres recurren a trabajadores sexuales masculinos, aunque lo hacen en silencio, lejos del escrutinio social y con un perfil deliberadamente bajo. ¿Por qué?

Los estilos de vida femeninos han experimentado una transformación profunda en las últimas décadas. La incorporación masiva de la mujer al mercado laboral, su mayor independencia económica y una progresiva liberación sexual han reconfigurado sus patrones de comportamiento, acercándolos cada vez más a los que históricamente se asociaban al sexo masculino. 

A ello se suma un entorno cultural que normaliza y amplifica los estímulos sexuales: series, redes sociales, conversaciones cotidianas. Las despedidas de soltera con bailarines exóticos, por ejemplo, se han convertido en algo habitual sin mayor cuestionamiento social.

A pesar de esta apertura, la mujer que busca servicios sexuales remunerados sigue enfrentándose a un juicio social que su contraparte masculina raramente padece. La sexualidad femenina continúa siendo tratada, en muchos entornos, como un tema tabú o moralmente cuestionable, un peso cultural de raíces históricas y religiosas profundas que marca a las mujeres desde el inicio de los tiempos. 

Esta carga simbólica explica, en gran medida, por qué la mayoría de quienes utilizan estos servicios lo hacen con absoluta discreción, sobre todo en Latinoamérica.

Los motivos que llevan a una mujer a contratar un escort son variados y, en muchos casos, perfectamente racionales. La insatisfacción dentro del matrimonio o una relación deteriorada empuja a algunas a buscar fuera lo que no encuentran en casa. 

Para mujeres con una vida pública activa o en entornos conservadores, este tipo de servicio ofrece confidencialidad y una experiencia libre de compromisos emocionales, resultando paradójicamente menos complicado que involucrarse con un hombre casado, situación en la que la mujer muchas veces queda en una posición de vulnerabilidad. 

Otras simplemente tienen agendas muy ocupadas y optan por una solución directa, sin la inversión emocional y temporal que implican las citas convencionales. También existe la dimensión de la exploración: un trabajador sexual puede ofrecer un espacio para atender fantasías o necesidades específicas que no se sienten cómodas planteando en relaciones ordinarias.

Las cifras dan una dimensión concreta al fenómeno. Algunos estudios estiman que alrededor del 7% de las mujeres ha pagado por sexo en algún momento de su vida. A nivel global, aproximadamente el 83% de quienes contratan servicios sexuales son hombres, lo que sitúa a las mujeres como una minoría clara del mercado, pero no por ello invisible. 

Las aplicaciones de citas y las agencias de escorts son los canales más utilizados para este tipo de búsqueda, y los expertos apuntan a que ellas tienden a preferir establecer un vínculo mínimo de confianza antes de concretar un encuentro, lo que favorece la fidelización con un mismo profesional frente a la búsqueda constante de nuevos contactos.

Contratar estos servicios tiene, además, un filtro económico evidente. Hacerlo con cierta frecuencia requiere de un nivel adquisitivo que no todas las mujeres poseen, lo que convierte este mercado en un fenómeno asociado, en buena medida, a mujeres con autonomía financiera.

A diferencia de lo que ocurre frecuentemente en el caso masculino, para muchas mujeres el componente emocional resulta difícil de disociar del sexual. Incluso cuando la búsqueda inicial es puramente física, la dimensión afectiva tiende a hacerse presente con el tiempo. Pagar por sexo puede ser, en ese sentido, una forma de ejercer la feminidad en sus propios términos: sin negociaciones implícitas, sin expectativas y sin dependencias.

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