Por Dra. Margarita Mendoza Burgos
Entre la homosexualidad masculina y la femenina existe una diferencia que no radica en la esencia del deseo, sino en cómo la sociedad los recibe. En ambos casos, el amor, la atracción y la necesidad de vínculo se dirigen hacia personas del mismo sexo. Sin embargo, el peso del silencio no cae igual sobre unos que sobre otros.
Los datos lo confirman. Según un estudio presentado por Ociogay.com, el 64,9% de las mujeres homosexuales no ha salido del clóset, frente al 56,4% de los hombres en la misma situación. Solo el 35% de las mujeres lesbianas ha declarado públicamente su orientación sexual, mientras que entre los hombres ese porcentaje asciende al 44,7%, con una edad media de revelación de 24,4 años. La brecha es reveladora: las mujeres callan más, y durante más tiempo.

Detrás de estas cifras opera una lógica machista que, paradójicamente, tolera mejor la «falla» de los hombres que la de las mujeres. La homosexualidad femenina no solo es menos visible: es más penalizada socialmente cuando se hace evidente. Se estima que hasta el 70% de las personas LGBTI+ no son visibles en su entorno laboral, y las mujeres cargan con una proporción mayor de ese silencio.
El entorno cotidiano facilita además la ocultación. La cercanía física y emocional entre mujeres, ya sea en contextos laborales como asistentes, colegas o amigas, permite disimular vínculos afectivos que en un hombre serían inmediatamente leídos como señal de orientación sexual. Lo que en ellas pasa por complicidad o amistad íntima, en ellos levantaría sospechas. El sistema, sin pretenderlo, les ofrece una coartada.
La situación se agrava cuando la mujer está casada y tiene hijos. El temor al estigma social que pueda recaer sobre los menores añade una carga emocional que ralentiza —o impide— cualquier proceso de visibilización. A eso se suma que, en contextos marcados por desigualdades estructurales, muchas mujeres dependen económicamente de su pareja o de su red familiar, lo que convierte la revelación en un riesgo material concreto: perder vivienda, sustento o custodia.
Aunque las mujeres suelen tener mayor libertad cultural para expresar emociones y afecto, esa misma capacidad puede volverse en su contra: internalizan con más profundidad el miedo al rechazo, lo que hace el proceso de aceptación personal y pública más prolongado y más doloroso.
Las consecuencias de visibilizarse van desde el ostracismo social hasta, en los casos más extremos, la necesidad de emigrar para poder vivir libremente. En el espacio público y político, la escasez de referentes es elocuente: los nombres de mujeres lesbianas conocidas y libres en el mundo son contados.
El contraste con otras latitudes es marcado. Jóhanna Sigurðardóttir, primera ministra de Islandia, se convirtió en 2009 en la primera jefa de Gobierno abiertamente homosexual de la historia moderna. En América Latina, ese escenario sigue siendo impensable. La región apenas acumula un puñado de mujeres que hayan llegado a la presidencia, y la sola idea de una mandataria lesbiana enfrenta una doble barrera: la de ser mujer en política y la de ser lesbiana en una sociedad que aún no ha terminado de reconocer ninguna de las dos condiciones como plenamente legítimas.
Salir del clóset siendo mujer y lesbiana en Latinoamérica equivale, hoy, a declararse minoría dos veces. Por eso yo acuñé una frase que se ajusta a esta situación: “Era un país tan machista que las mujeres no podían salir del closet».