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Haciendo fila

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Imagen con fines ilustrativos.
KimJaesub
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Por Alberto Barrera

El Salvador – Félix Alberto tiene 83 años y su rutina es caminar horas sobre arena de playa cargando un apretado bolsón en el hombro y en la mano lleva unas “manitas plásticas” que sirven para rascarse la espalda. En el brazo izquierdo cuelga gorras, sombreritos, camisetas, calzonetas de llamativos colores tropicales y otras mercaderías menores.

De rostro serio y cansado, tiene los ojos hundidos y el sudor le empapa la frente y pómulos no muy abultados, pero no se queja. Parado a la sombra del lugar en que yo estaba frente al mar y él con la carga de su mercadería habló sin detenerse.

Vestido con formalidad: zapatillas cafés con cintas, pantalón beige oscuro y una camisa tipo polo con su respetiva camiseta, pero sin protegerse del ardiente sol en su periplo diario de ventas en una playa del Pacífico en el oeste del país.

Era cerca del mediodía y con la mirada fija me contó que “no he hecho nombre de dios”, por lo que después, Reina –mi esposa- le compró dos de las manitas para rascar la espalda.
Bastó que le preguntara su edad para que me contara casi todo. “Siempre viví con mi mamá, hasta que ella murió en 1984 y yo tenía más de 40 años”, y fue entonces cuando buscó una compañera y fueron padres de tres muchachos aun treintañeros.

Siempre trabajó de lo que fuera y desde hace unos años vende esos productos en las playas de Sonsonate. Dijo que solo cursó hasta sexto grado y la vida no ha sido fácil para él y sus siete hermanos de los que solo sobreviven tres: junto a él sus dos hermanas de 94 y 92 años, una en Los Ángeles y la otra en El Salvador.
Su filosofía es “vivir hasta donde el cuerpo aguante” y disfrutar cuando sea posible. Los hijos y familiares de su hermana en California lo invitaron una vez y estuvo disfrutando un mes. “Casi todos los días íbamos a lugares distintos.”

“A veces estaba cansado pero nunca dije que no. ´Tío mañana vamos a tal lugar´, vaya pues les decía y pensaba no vaya a ser que se enojen y ya no vuelvan a invitarme”; y no ha vuelto a realizar ese viaje.
Antes de reiniciar su ruta de ventas en el flojo piso de arena frente a la hilera de champas y restaurantes, que pese a su avanzada edad pareció no costarle demasiado, me dijo: “aquí estoy haciendo fila, solo esperando la hora que me toque irme”, y sonrió.

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