Por Dra. Margarita Mendoza Burgos /Voz de la Diáspora
En tiempos de relaciones fugaces y exposición emocional constante, un concepto se ha colado con fuerza en el vocabulario sentimental contemporáneo: el ick. Popularizado en redes sociales, el término nombra ese momento preciso en el que la atracción por otra persona se evapora de manera repentina. Puede bastar un gesto insignificante, una frase fuera de lugar o una conducta inesperada. No hay discusiones ni traiciones de por medio: solo una sensación visceral de rechazo que, para quien la experimenta, parece irreversible.

El cambio es abrupto. En cuestión de segundos, el deseo se transforma en incomodidad. Según explican especialistas, estas reacciones suelen ser automáticas y están ligadas al sistema nervioso, especialmente cuando el vínculo comienza a adquirir cierta profundidad emocional. En ese contexto, el cuerpo puede activar mecanismos de protección —como el asco, la desconexión o la retirada del deseo— muchas veces asociados a experiencias previas de dolor o trauma. No se trata de una decisión consciente, sino de una forma de defensa frente a un peligro percibido.
Aunque el fenómeno no es nuevo, su visibilidad sí lo es. Las redes sociales han jugado un papel clave en su difusión. El ick se ha vuelto tan reconocible que incluso existen cuentas de Instagram dedicadas exclusivamente a recopilar testimonios de personas que relatan sus momentos de repulsión súbita. A partir de mensajes enviados por los usuarios, estos perfiles recrean escenas cotidianas en las que una relación potencial se desmorona por un mínimo detalle.
Esta exposición constante parece haber incrementado la sensibilidad e intolerancia frente a ciertas conductas. Algunos expertos hablan incluso de una especie de “hipocondría emocional digital”: cuanto más se nombra y se observa el fenómeno, más fácil resulta identificarlo y anticiparlo. En ese contexto, el ick puede convertirse en una profecía autocumplida y en una causa frecuente de ruptura, sobre todo cuando se explora únicamente desde su costado negativo.
Los datos respaldan su impacto. Un estudio reciente analizó la relación entre ciertos rasgos de personalidad y la probabilidad de experimentar el ick. La investigación encuestó a adultos solteros de entre 24 y 72 años, evaluando niveles de sensibilidad al asco, narcisismo y perfeccionismo. El resultado fue contundente: el 64 % de los participantes afirmó haber experimentado el ick al menos una vez. En promedio, lo habían sentido seis veces, aunque un caso extremo reportó hasta 300 episodios.
Si bien no siempre es un punto final inmediato, el ick se acerca peligrosamente a serlo. El estudio reveló que el 26 % de quienes lo experimentaron terminó la relación de forma instantánea, mientras que otro 42 % lo hizo más adelante. Solo una minoría logró continuar el vínculo pese a esa sensación inicial de rechazo.