Por Dra. Margarita Mendoza/Colaboradora VD
La envidia es una emoción presente en todos los seres humanos, pero su expresión depende en gran medida de las experiencias familiares y sociales que nos moldean desde la infancia. Cuando en el hogar se gestiona de manera saludable —incluso en la interacción natural entre hermanos—, suele desarrollarse de forma equilibrada. Sin embargo, expresiones cotidianas como “el vecino tiene carro nuevo; ojalá se le arruine pronto” contribuyen a un manejo distorsionado y corrosivo de esta emoción.

Especialistas señalan que la envidia forma parte de la naturaleza humana y se adapta según la crianza y el carácter individual. Mientras algunas personas celebran el éxito ajeno, otras reaccionan con un enojo tan profundo que “podrían ponerse verdes”. Esta emoción puede convertirse en un motor de superación o, por el contrario, hundir a quien la experimenta en la frustración y la desesperanza. Como resume una expresión popular: “No quiero que fulanito tenga ese caballo”. “¿Para tenerlo tú?”, pregunta otro. “No —responde el envidioso—. Para que no lo tenga él”. Ese tipo de envidia es la más destructiva.
Aunque es un sentimiento común, admitirla sigue siendo un tabú, pues se le asocia con emociones negativas. En muchos casos, crece silenciosamente, como una hiedra emocional que se expande sin control. No obstante, cada vez más personas reconocen la existencia de una “envidia sana”: aquella que permite alegrarse por los logros ajenos y, a la vez, sentirse motivados a mejorar.
Los efectos nocivos de la envidia mal gestionada son claros: frustración, enojo, resentimiento y un deterioro afectivo que, con el tiempo, puede impedir avanzar. Como decía el escritor Mark Twain, “la envidia es la hierba que crece más verde en el jardín del vecino.”