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La Paz antes de la Paz

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Por Yossi Abadi /opinión enviada a VD

La incorporación de El Salvador al Board of Peace impulsado por el presidente Donald
Trump ocurre en un momento particular: cuando la palabra “paz” se repite con urgencia,
pero con poca eficacia.

Se la invoca en declaraciones solemnes, se la persigue en mediaciones interminables, se la reclama en llamados constantes al alto al fuego.

Mucha intención, poco orden, esa saturación obliga a replantear una pregunta que el mundo suele
evitar: ¿qué significa realmente hablar de paz? No por mala fe, sino porque se ha confundido
el objetivo con el camino.
El Board of Peace surge precisamente desde esa frustración. No como un organismo
decorativo, sino como un intento de entender por qué tantos procesos de paz fracasan
incluso antes de comenzar.

Y es ahí donde la experiencia de El Salvador adquiere relevancia: no llega a esa mesa como alumno ni como observador. Llega como caso. Como ejemplo de que, a veces, la paz no empieza con un acuerdo, sino con una decisión.
Durante años, gran parte del mundo asumió que la paz es el punto de partida. Que primero
se dialoga, luego se ordena. Que el consenso genera autoridad. El Salvador recorrió el
camino inverso. Entendió que sin un Estado que ejerza control efectivo sobre su territorio,
la paz no es una promesa: es una ficción administrativa.
Lo que cambió en El Salvador no fue solo una política de seguridad. Fue la secuencia.
Primero orden. Primero presencia estatal. Primero reglas claras. Solo después, normalidad.
La paz no llegó como resultado de una negociación; llegó como consecuencia de que el
miedo dejó de administrar la vida cotidiana.
Ese aprendizaje tiene valor directo para regiones atrapadas en conflictos prolongados. En
muchos de esos escenarios, el problema no ha sido la ausencia de iniciativas de paz, sino la
ausencia de una autoridad capaz de sostenerlas. Vacíos de poder que son rápidamente
ocupados por actores no estatales, milicias, organizaciones criminales o estructuras
terroristas que convierten la violencia en sistema mientras el Estado negocia desde la
debilidad.
El Salvador no ofrece soluciones mágicas ni recetas universales. Lo que aporta al Board of
Peace es algo más incómodo y, precisamente por eso, más útil: la certeza de que la paz no
puede construirse sobre un vacío de poder. Que antes del diálogo debe existir control. Que
antes de la reconciliación deben existir límites. Y que sin Estado, no hay proceso que
aguante.

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